Para muchos, después de la Basílica del Pilar, Guadalupe es el santuario mariano más emblemático de la península ibérica que compite con aquel por la primacía espiritual de la Hispanidad. Si en España se ubicaran siete centros de poder religioso, el monasterio de Guadalupe (Cáceres) sería uno de ellos. La leyenda y la historia son ricas en detalles y matices que así lo ratifican. No en vano, su nombre o más bien advocación mariana ha dado lugar a más de doscientos cultos distintos con otras tantas imágenes que reciben ese mismo nombre tanto en España como en Centro y Sudamérica, siendo la más conocida la de México.
El Santuario comenzó su andadura siendo una rústica ermita y luego un modesto convento habitado en el año 1389 por monjes jerónimos procedentes del monasterio de San Bartolomé, en Lupiana (Guadalajara), donde se fundó años atrás la Orden de los Jerónimos. Fray Fernando Yáñez tomó la iniciativa de poblar la casa de Guadalupe con 31 monjes y se convirtió en el primer prior, inmortalizado por un retrato de Zurbarán. Fue una época de prosperidad realizando nuevos añadidos arquitectónicos como el claustro mudéjar. No deja de ser curiosa la similitud etimológica de Lupiana con Guadalupe. Por cierto, monjes de esa misma orden siglos más tarde poblarían el monasterio de San Lorenzo de El Escorial recién construido, en 1571, por orden de Felipe II.
El monasterio guadalupano servía de foco de atracción para médicos y para grandes personalidades de la mística española: en 1541 lo visita San Pedro de Alcántara, en 1548 Santa Teresa de Jesús y en 1555 el franciscano San Francisco de Borja.
En su época de esplendor, los 31 monjes iniciales llegaron a ser hasta 130 y, en total, fueron ciento uno los priores que se suceden al frente del mismo. La orden de los jerónimos se mantuvo en Guadalupe hasta 1835, año en que fueron expulsados por la infausta y desastrosa desamortización de Mendizábal que tanto daño hizo al patrimonio cultural y religioso de nuestro país. Tras la desamortización, el bibliófilo pacense Vicente Barrantes se lleva 5.000 libros del monasterio a Cáceres para que no caigan en peores manos y muchas joyas de la Virgen acaban en las basílicas del Pilar o de Atocha con el mismo fin. A pesar de todo, fue mucho lo que se perdió y se destruyó tanto con la invasión napoleónica como con la innecesaria desamortización.
Patrona de Extremadura
Nuestra Señora de Guadalupe, siglo tras siglo y milagro tras milagro, se ha convertido no sólo en la Patrona de Extremadura, título otorgado por el papa Pío X en el año 1907, sino en una Virgen Negra de referencia para muchos cristianos y buscadores de claves mágicas. En 1908, después de años de abandono, llegan los franciscanos e inician una nueva época en el monasterio, reconstruyendo todo lo que estaba destruido, que era mucho. Veinte años después, la Virgen fue coronada con el pomposo título de Reina de la Hispanidad, un 12 de octubre de 1928, debido a que su advocación, su devoción y su culto fueron extendidos por los misioneros en la Nueva España, actual México.

Pero aún faltaba otro acontecimiento nefasto, la Guerra Civil. En el mes de agosto del año 1936 la “columna fantasma” formada por milicianos y dirigida por el capitán Uribarri, asedia por tres días al monasterio, defendido por tropas de la Guardia Civil, en su idea de tomarlo y saquearlo, sin conseguirlo. Frailes y población civil lo consideraron un nuevo milagro… En 1955 otro papa y otro Pío (el XII) convierte en basílica al santuario de Guadalupe.
Algo ocurrió en la batalla de Salado
El actual monasterio gótico mudéjar de Guadalupe lo mandó construir el rey Alfonso XI de Castilla y León, llamado El Justiciero, en acción de gracias por vencer a los musulmanes benimerines, procedentes del norte de África, en la famosa Batalla del Salado que tuvo lugar el 30 de octubre de 1340 en la actual provincia de Cádiz. El monarca pensó que fue gracias a la intercesión y aparición de la Virgen. Hay dos versiones del milagro. Una de ellas dice que el rey solicitó a la Virgen María su ayuda para conseguir la victoria pidiéndole más luz para alargar el día con el fin de que el ejército enemigo no se amparase en la noche para huir o reagruparse. Y, efectivamente, la Virgen detuvo el sol el tiempo suficiente como para asustar a los moros y envalentonar a los cristianos (como también se cuenta que ocurrió un siglo antes en Tentudía, Badajoz, en 1247, a raíz de lo cual se construyó el monasterio de igual nombre). La otra versión es que las tropas cristianas estaban perdiendo la contienda y de pronto en el campo de batalla se produjeron unos resplandores que incidieron sobre los musulmanes matando sus rayos a 160.000 de ellos, cifra a todas luces (nunca mejor dicho) exagerada, pero la leyenda es así de contundente.

Desde aquel momento, se produjeron dos acontecimientos cruciales para dos poblaciones. Por un lado, la ciudad de Tarifa, localidad cercana a Salado, veneró a la Virgen de la Luz como su patrona al creer que fue ella la del milagro bélico. Por otro, el rey castellano atribuyó la victoria a la Virgen de Guadalupe, amplia la ermita y coloca la imagen bajo su protección, aumentando los privilegios del enclave, financiando un nuevo edificio, además de conceder amplias zonas de tierra al santuario y promover una comunidad de sacerdotes. Privilegios que irán ratificando y ampliando los sucesivos reyes que se acercan por esos lares, creándose poco a poco una puebla en los alrededores de la iglesia. Y todo empezó con una vaca muerta…
Anteriormente a esta batalla ya existía un pequeño santuario a la Virgen Negra cerca del río Guadalupe. La leyenda asegura que fue en el año 1330 cuando la propia Virgen se aparece a un vaquero en los montes de Villuercas y le señala el sitio exacto donde debía excavar para encontrar su imagen de madera un tanto deteriorada y chamuscada ya que había sido escondida por los canónigos de Sevilla en el siglo VIII para protegerla de la invasión musulmana. Era el mismo lugar donde momentos antes había resucitado una vaca que estaba ya con rigor mortis. Ese año de 1330 no parece ser el correcto por mucho que lo diga la leyenda y aparezca reflejado en el cuadro del hallazgo que está en el claustro mudéjar. Hay referencias de la construcción de una primera ermita en el año 1327, así que el momento de la aparición tuvo que ser a finales del siglo XIII o principios del siglo XIV, posiblemente durante el reinado de Fernando IV el Emplazado (1295-1312) o de su hijo Alfonso XI.
La leyenda de su fundación e invención
Lo mejor es ir a los orígenes y por eso voy a transcribir la leyenda del encuentro de la imagen y de la fundación del templo en su versión más antigua (se trata de un manuscrito del año 1440 conservado en el Archivo Histórico Nacional) para darnos cuenta de ciertos detalles que pueden aclarar el misterio. Veremos que no da el nombre de Gil Cordero y que la secuencia de los hechos tiene cinco partes o actos: el encuentro de la vaca muerta que no estaba muerta, la aparición de la Virgen en persona para dar un mensaje al pastor, la resurrección del hijo del pastor, el hallazgo de la talla de madera en el sitio indicado y la construcción de la primera ermita. Leamos lo que dice el citado texto en cuanto al primer acto:
“En el tiempo que aqueste rey don Alfonso reinaba en España aparesció nuestra señora la virgen Santa Maria a un pastor en las montañas de Guadalupe en aquesta manera: andaban unos pastores guardando sus vacas cerca de un lugar que llaman Alia en una dehesa que se llama hoy en día la dehesa de Guadalupe... E uno dellos halló menos una vaca de las suyas y apartóse para la buscar por espacio de tres días, y non la hallando metióse en las montañas grandes que estaban el río arriba y apartóse a unos grandes robledales y allí vido estar su vaca muerta cerca de una fuente pequeña… y fue muy maravillado por quanto non estaba mordida de lobos nin herida de otra cosa y sacó su cuchillo de la vaina para la desollar y abriéndola por el pecho a manera de cruz según es costumbre de desollar, en esa hora se levantó aquella vaca y él, muy espantado, tiróse afuera”.
Y, acto seguido, el manuscrito narra el segundo y tercer acto en el cual hace su aparición estelar una señora luminosa y el primer milagro de la historia guadalupana:
“E la vaca estuvo queda y en esa hora le aparesció nuestra señora la virgen Santa Maria y dijo a este pastor: «Non hayas miedo, ca yo so la madre de Dios por la qual alcanzó la humana generación redención; toma tu vaca y vete y ponla con las otras, ca de aquesta vaca habrás otras muchas en memoria de aqueste aparescimiento que aquí se aparescí y desque la pusieres con las otras vacas iris a tu tierra y dirás a los clérigos y a las otras gentes que vengan aquí a este lugar donde te aparescí y que caben aquí y hallarán una imagen mia.»… Y el pastor tomó su vaca y fue con ella y púsola con las otras y contó a sus compañeros todas las cosas que le habían acaescido y sus compañeros hacían burla dél. Y el pastor respondió y dijo: «Amigos, non tengades en poco aquestas cosas, ca si non queredes creer a mi, creed a aquella señal que trae en los pechos la vaca.» Y ellos, viendo la señal que traía en los pechos la dicha vaca a manera de cruz, creyéronlo… E sabed que este pastor, que era natural de Cáceres y ahí teñía mujer y hijos, y des que llegó a su casa halló a su mujer llorando y él dijo a su mujer: «¿Por qué lloras?» Y ella respondió: «Vuestro hijo es muerto»; y el dijo: «Non hayas cuidado ni llores ca yo lo prometo a Santa Maria de Guadalupe, que ella me lo dará vivo y sano y yo se lo prometo para servidor de su casa.» E en esa hora se levantó el mozo vivo y sano y dijo a su padre: «Señor padre, aguisad y vamos para Santa Maria de Guadalupe.» Y quantos estaban allí fueron maravillados y creyeron todas las cosas que decía del aparescimiento de nuestra señora Santa Maria.
Cuarto acto. Una comitiva va al lugar de la aparición de la señora luminosa y encuentran lo que estaba previsto encontrar: una talla de la Virgen para su veneración:
“E este pastor llegó a los clérigos y díjoles: «Señores sabed que me aparesció Santa Maria en unas montañas cerca del río del Guadalupe y mandóme que vos dijiese que fuésedes allí donde me aparesció y que cavásedes en aquel mesmo lugar donde me ella aparesció y que halláredes ahí una imagen suya y que los sacáredes de allí y que le hiciésedes una casa. E mandóme más, que dijiese que a los que tuviesen cargo de su casa, que diesen a comer a todos los pobres que a ella viniesen una vez al día. E díjome más, que haría venir a esta su casa muchas gentes de muchas partes por muchos miraglos que haría por todas las partes, ansí por mar como por tierra. E díjome más, que allí en aquella gran montaña se haría un gran pueblo».
Y acertó, pues a raíz de ese hallazgo se coloca la primera piedra del epicentro místico. Es la construcción de la primera ermita y en sus alrededores surge lo que actualmente se llama Puebla de Guadalupe. De la nada más absoluta nace todo un pueblo y un núcleo religioso de primer orden. Los milagros atribuidos a la imagen de la Virgen se fueron sucediendo y con ellos las donaciones, prerrogativas y asentamientos cerca de un lugar que se empezó a considerar sagrado. No era la primera vez que ocurría: de una zona desértica, un auténtico erial que servía de coto de caza, surgió una población y un monasterio que se convirtió en centro de peregrinación para miles de devotos y prisioneros liberados del cautiverio que iban allí con el objetivo de dejar sus cadenas y argollas a modo de ofrenda. Uno de ellos fue Miguel de Cervantes que las depositó a finales de 1580 en la ermita de Santa Cruz o del Humilladero, a unos cinco kilómetros del monasterio.

“E en esa ora que llegaron comenzaron a cavar en aquel mismo lugar donde el pastor los mostró que le aparesciera Santa Maria. E ellos cavando en aquel mismo lugar hallaron una cueva a manera de sepulcro, y sacaron la imagen de nuestra señora Santa Maria, y una campanilla que estaba con ella y la piedra sobre que estaba asentada. Y debedes saber que todas las otras piedras que estaban alrededor todas las quebrantaron y las llevaron por reliquias. Y en esa hora le edificaron una casa muy pequeña de piedras secas y de palos verdes y cubriéronla de corchas, ca sabed que había cerca asaz de alcornoques. E sabed que vinieron con aquestas gentes muchos enfermos de diversas enfermedades, y en la ora que llegaban a la imagen de Santa Maria luego cobraban salud de todas sus enfermedades e íbanse para sus tierras loando a Dios y a la su bendita madre por lo grandes miraglos y maravillas que abia hecho”.
De esas piedras que menciona la crónica no todas se habrían perdido con el transcurso se los siglos. Justo a la entrada de la actual basílica gótica, tanto en el muro de la derecha como en el de la izquierda, hay dos ventanucos protegidos con sendas rejas de hierro en los que se ven unas piedras. Al parecer, serían restos del sepulcro en el que estaría guardada la imagen. Son piedras que pasan inadvertidas para los cientos de fieles y turistas que suben las escalinatas cada día, pero de ser las auténticas estaríamos ante los objetos más sagrados que estuvieron en contacto directo con la imagen original.
De la fecha de la aparición de la Virgen nada se dice en el texto y tampoco aparece el nombre del pastor, que la tradición ha designado como Gil Cordero. No existe ninguna otra prueba documental que sostenga los hechos aquí relatados. Para el investigador William A. Christian, autor de Apariciones de Castilla y Cataluña (1990), la narración sigue las líneas fundamentales de otras apariciones de la Virgen en España y en ella se pueden reconocer todos sus elementos y personajes comunes. Es de notar la mención, por parte del narrador de la leyenda, de lo asombrado que estaba el pastor de que su vaca perdida y muerta "non estaba mordida de lobos", lo cual podría, quizás, apoyar la tesis de que la etimología árabe-latina de Guadalupe es "Río de lobos" (Guad-al-lupus) y no tanto río escondido como generalmente se dice.
La historia de la aparición de la Virgen de Guadalupe extremeña es original por cuanto inspiró cierto número de descubrimientos de otras imágenes enterradas, como la de Nuestra Señora de Soterraña, en Santa María la Real de Nieva (Segovia). La aparición milagrosa de la Virgen en 1392 al pastor de ovejas Pedro Amador, con la doble misión de acudir a Segovia a pedir al obispo que fuera a aquel pizarral a desenterrar la imagen que allí se encontraba y levantar un altar para rendirla culto, propició la construcción, primero, de un monasterio para su veneración, y, después, el surgimiento de todo un asentamiento humano conocido entonces como Puebla de Santa María.
Los lienzos del claustro mudéjar
Casi todas las escenas que se narran en este viejo manuscrito de 1440 están descritas en los lienzos del espectacular claustro mudéjar, mandado construir por el primer prior jerónimo, fray Fernando Yañez de Figueroa, a finales del siglo XIV. Son lienzos de no mucho valor artístico pero sí etnológico. Están colocados de manera cronológica como si se tratara de un cómic gigantesco, pintados casi todos ellos por fray Juan de Santa María durante el siglo XVII, un monje sacerdote del monasterio que murió en 1670. El cuadro que representa el hallazgo de la virgen por una comitiva de hombres llegados de Cáceres, uno de los más fotografiados, adolece de un montón de imprecisiones por cuanto el pastor saca la talla mariana del sepulcro de piedra con la misma forma que tiene en la actualidad, es decir, con el manto, la toca, el bastón y la corona, y ya sabemos que la imagen original no era así.
El claustro es un cuadrado casi perfecto de dos plantas para recorrer sin agobios, rodeados del silencio monacal, sino fuera por las tropas de turistas que invaden ese silencio. En el centro del jardín se levanta un hermoso templete mudéjar erigido en 1405. Con vistas al patio están sus 29 lienzos que adornan los cuatro pasillos inferiores del claustro. Lienzos que pasan a un segundo plano por ese mismo tropel de turistas, entre otras cosas, porque el guía que acompaña a los grupos, siempre con prisas, apenas repara en ellos salvo para indicar el lienzo donde se recoge la escena de la aparición de la imagen guadalupana.
Todos los cuadros constituyen una auténtica pinacoteca de devoción popular que, puestos a clasificar, se dividen en dos fases: la primera hace mención a la leyenda de la elaboración de la imagen por parte de San Lucas, al hallazgo y los primeros milagros de la Virgen, incluyendo la batalla de Salado, y a la llegada de los primeros jerónimos al monasterio. La segunda fase menciona y escoge los mejores milagros que se atribuyen a la intercesión de la propia Virgen y que dieron fama, lustre y gloria a este santuario. Todos ellos tienen una leyenda en la parte inferior del lienzo que cuenta el suceso de la manera más esquemática posible. El que desentona un poco -o un mucho- es el que evoca la visita de Juan Pablo II a este santuario el 4 de noviembre de 1982. La diferencia con otros cuadros ex votos es que los de Guadalupe quisieron que tuvieran una cierta uniformidad artística. Al parecer, la persona que había sido agraciada con un portento iba al monasterio, contaba su caso al prior y luego el “pintor del claustro” pintaba la escena del supuesto milagro que luego era expuesto en la galería.

Otro lienzo curioso es el que está catalogado como milagro número 215 y hace alusión a una sequía que hubo en Extremadura a principios del siglo XV. En el lienzo se ve a grupo de jerónimos repartiendo hogazas de pan como si se tratara de una nueva multiplicación de los panes y los peces, pero sin peces. La Virgen majestuosa en la parte superior parece bendecir el escenario. El texto dice lo siguiente:
El año 1412 fue muy falto de pan en toda España por haber casi más de seis años que casi no llovía y acudieron infinitos pobres a esta Santa casa. El Prior, que era nuestro P.Fr. Gonzalo de Ocaña hizo tanteo del trigo y harina y halló que aún no había para comer en el convento tres semanas. Pero confiando en Ntra. Sra. mando se diese a todos pan y carne en abundancia. Acudió Ntra. Sra. a la fe de su siervo aumentando la harina de manera que duro hasta la cosecha del pan que fue casi un año cociéndose cada día más de 8000 panes.
La historia es que durante seis largos años de sequía los habitantes de la aldea que rodeaba al convento padecieron una hambruna que provocó varias muertes, ayudada por una epidemia de peste. Corría el año 1412 y los campesinos, sabedores de que los jerónimos acumulaban víveres más que suficientes debido a las abundantes donaciones de los nobles, decidieron asaltar el convento. Los jerónimos rechazaron el primer ataque, pero sabían que antes o después vendría otra avalancha de famélicos campesinos que no respetarían sus hábitos para saciar su hambre canina. Dentro del convento tenían avituallamiento para tan sólo tres semanas. Entonces, el prior fray Gonzalo de Ocaña decidió salir ondeando la bandera blanca para anunciar la última aparición de la Virgen que les había revelado donar a los campesinos los alimentos necesarios. Cada día podían amasar 8.000 panes y así durante un año. Para los campesinos fueron días de hartazgo, mientras que los monjes no pasaron ningún apuro bien pertrechada su despensa por la Virgen que aumentaba la harina cada día. Es decir, al margen de posibles interpretaciones sobre el cambio climático, los largos periodos de sequía en España, y sus consecuencias, han sido habituales.
Otros lienzos hacen referencia a la curación de una endemoniada que antes peregrinó a Santo Toribio de Liébana (Cantabria) y lo que no logró el lignum crucis lo consiguió un pequeño retrato de la Virgen o la curación de un hombre rabioso, Juan de Sevilla, un vecino de Toledo según reza en el cuadro, que se comía sus propios miembros. En los códices que se guardan en el monasterio aparecen registrados 857 "milagros oficiales" fechados entre 1510 y 1599, la mayor parte de los cuales datan de los primeros cincuenta años de ese periodo. De los 857 milagros, las curaciones y resurrecciones representaron el 51,5%, las liberaciones de cautivos y prisioneros el 18% y las "protecciones" y "asistencias" el 30,5%.
Un análisis de la imagen románica
Cuando uno observa la imagen actual de la Virgen de Guadalupe, con esos ropajes triangulares repletos de adornos y joyas, nota que algo no cuadra. La proporción de su rostro no se corresponde con su cuerpo. Hay un tamaño desproporcionado respeto a la altura de la imagen, que mide 59 centímetros después de la última restauración efectuada en 1985. De la talla tan sólo se ve la cara y la mano derecha de la Virgen, al igual que al niño, y la verdad es que muy poco se parece a la imagen original que se encontró en el siglo XIV.

-Por de pronto, se dice que la imagen se hizo en los talleres de San Lucas, que se enterró con su cadáver cuando el evangelista murió y que luego, tras el hallazgo, fue llevada a Roma donde la tuvo el papa Gregorio Magno como una de sus reliquias más preciadas y que además le ayudó para eliminar la peste del año 590 que asoló la ciudad santa. Así que si nos creemos a rajatabla estas leyendas (algo que no aconsejo), la manufactura de la imagen que vemos en la actualidad en la Basílica de Guadalupe, de la que se dice que es la original, debería ser del siglo I (si la hizo el propio San Lucas, como tantas otras que salieron de su taller, verbigracia, la de Atocha o la de Montserrat), o bien del siglo VI (si la mandó hacer el papa Gregorio I) o bien de la época visigoda antes de que fuera escondida tras la invasión musulmana de 711. Pues nada de eso, cuando se encuentra en el siglo XIV resulta que es una imagen románica fechada en el siglo XII, que no está mal su antigüedad, pero nada que ver con su historia legendaria.
-Además, cuando es encontrada cerca del río Guadalupe aparece, como es lógico, sin esos vestidos góticos que desde hace siglos lleva la Virgen y el niño. Por suerte, se han hecho fotografías de la talla original y en ella se ve a la Virgen con el niño en su regazo en la clásica postura hierática del románico, con pintura policromada representando sus vestidos. Al poco tiempo es cuando se la empieza vestir e incluso a cambiar al niño de sitio, ya que la original lo tenía justo en el medio y ahora lo tiene ladeado a la izquierda. ¿Un milagro? Más bien conveniencia iconográfica.
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-Las manos derechas, tanto de la Virgen como del Niño, no son las originales. Se sustituyeron en el siglo XV por otras más modernas, de distinto arte. La mano derecha de la Virgen se hizo para que sujetara un cetro que le colocaron al vestirla y está unida al brazo por un gancho de oro. La mano derecha del Niño Jesús es de plata, en sustitución de la primitiva, y se hizo para que bendiga. Tal cual. Seguramente no era esta la postura que debieron tener en el momento del hallazgo si nos remetimos a otras imágenes románicas de la época donde el niño y la madre suelen llevar en la mano derecha una bola o una fruta. De hecho, la mano izquierda del Niño, la original, la que no se ve, sostiene sobre la rodilla del mismo lado el Libro de la Vida, más pintado que tallado. Comparando las dos imágenes, es mucho más hermosa la original del siglo XII, más auténtica, genuina como ocurre con otras Theotókos (imágenes de la Madre de Dios) cuya representación se hizo popular en los siglos XII y XIII y así se muestran en muchas iglesias sin necesidad de añadirles ropajes barrocos que camuflan lo que el artista quiso realmente representar
Un Camarín con truco
Hoy la Virgen se biloca. Puede estar en dos sitios a la vez, algo que desconcierta a algún que otro devoto despistado. Aunque el enigma sagrado tiene su explicación profana. Lo normal es que la imagen sea vista desde la propia Basílica, colocada en el centro del retablo mayor y dentro de su vitrina iluminada, pero a veces desaparece. ¿Dónde ha ido? Pues de repente aparece en el llamado Camarín de la Virgen, de planta octogonal, gracias a un artilugio giratorio que hace que la Virgen de la vuelta para que sea besada por aquellos fieles que desean verla de cerca.
El Camarín es una obra de arte que se hizo en el siglo XVII y está rematado por un tambor con ocho ventanas y una cúpula terminada en lucernario y una cruz latina en su cúspide. Total: más de 20 de altura desde el suelo. En el interior del Camarín, aparte de ver a la Virgen, cuando se la puede ver, claro, se encuentran las ocho Mujeres Fuertes de la Biblia, ocho esculturas barrocas salidas del taller de Pedro Duque Cornejo. Una de ellas es Judit que porta orgullosa en su mano derecha la cabeza del general asirio Holofernes, así que imaginaros como serán las demás...
Capilla del Relicario
No hay Santuario sin relicario, de lo contrario faltaría su espina dorsal y precisamente espinas de Cristo sí que suelen tener la mayoría de ellos. Otra cosa es que se puedan ver, las espinas y el resto de reliquias. En el recinto de Guadalupe se exponen 34 relicarios, que no parecen muchos, algunos en forma de brazo, 17 de ellos en forma de busto y otros muchos de distinta estructura, como arquetas o pirámides truncadas. En el centro del altar destaca la arqueta de los esmaltes labrada a mediados del siglo XV por el orfebre de la casa, fray Juan de Segovia. Hay un lignum crucis de estilo gótico donado por el rey Enrique IV de Castilla, sí, ese al que apodaron El Impotente. Cuando estemos dentro de la Capilla del Relicario no nos dejemos impresionar por tanto objeto y centremos nuestra atención en los siguientes:
−El llamado “Manto Rico” con 250.000 perlas, con 243 piezas de oro labrado con 80 puntas de diamantes.
−Dos copias de la sábana santa, una de 1568 y otra de 1580, que por desgracia no se pueden ver, pero al menos que sepáis que existen.
−Corporales de la misa del padre Cabañuelas. Parece un trapo sucio y si alguien no nos indica de qué se trata lo más seguro es que ni nos fijemos en él. Está relacionado con algo que hemos visto con anterioridad porque habremos pasado por la Sacristía y en la colección de cuadros de Zurbarán que están allí expuestos, ocho lienzos en total, destaca el de La Misa del Padre Cabañuelas. Parece que es más que una leyenda con ribetes históricos. El fraile existió y era natural de Valladolid y, en un momento dado de la celebración eucarística, dudó de la presencia real de Cristo en las sagradas formas y comenzó a caer sangre fresca de la patena, mientras una voz le decía en latín: Tace quod vides et inceptum perfice («Calla lo que has visto y acaba lo que empezaste»). Esos mismos corporales ensangrentados son los que están en el relicario.

Todo ocurrió hacia el año 1420, cuando el fraile contaba unos 50 años de su edad, y es él mismo quien nos lo refiere, aunque en tercera persona, en una relación que de su puño y letra se halló entre sus papeles después de su muerte. La carta describe un prodigio con las siguientes palabras:
"A un fraile de esta casa, dice que le sucedió que un sábado, celebrando la Santa Misa, después que consagró el Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, vio una cosa como nube que cubrió el ara y el cáliz, de manera que no veía otra cosa sino un poco de la cruz que estaba detrás del ara: lo cual le inculcó gran temor y rogó al Señor con muchas lágrimas, que le tuviera piedad y le manifestara qué cosa era eso y que lo librase de tan gran peligro. Estando muy atribulado y espantado, poco a poco se fue quitando aquella nube, y cuando se quitó no halló la Hostia consagrada y vio la hijuela que estaba sobre el cáliz, quitada, y al ver el cáliz lo vio vacío. Al ver esto, comenzó a llorar fuertemente, demandando misericordia a Dios y encomendándose devotamente a la Virgen María.
Estando así afligido, vio venir la Hostia consagrada puesta en una patena muy resplandeciente, y se colocó derecho en la boca del cáliz, entonces comenzó a salir de ella gotas de sangre que caían en tanta cantidad en el cáliz que se llenó como antes estaba. Una vez que el cáliz se llenó puso la hijuela encima del cáliz y la Hostia sobre el ara como antes estaba. El fraile que aun estaba espantado y llorando, oyó una voz que le dijo: Acaba tu oficio, y sea a ti en secreto lo que viste".
Y el secreto se difundió, primero porque el propio fraile lo deja escrito, segundo porque los corporales ensangrentados de la misa milagrosa se muestran en la Sala de Reliquias y, tercero, porque Zurbarán pintó la escena en uno de sus cuadros. Los mismos reyes de Castilla, don Juan II y su esposa doña María de Aragón, con el príncipe don Enrique, el futuro Enrique IV, acudieron a Guadalupe para conocer al padre Cabañuelas, elegido ya prior del monasterio, quedando tan prendados de su santidad que la reina le eligió su consejero espiritual, y mandó en su testamento que, cuando trajeran sus restos al Santuario, colocaran a su lado los del padre Cabañuelas como, en efecto, se hizo.
La alta medicina de Guadalupe
Guadalupe no fue sólo lugar de peregrinación para obtener curaciones sobrenaturales. Entre los siglos XV y XVII fue un centro de investigación de referencia nacional e internacional por el que pasaron cientos de personas, muchas de Portugal, para formarse en medicina o para curarse de la peste o la sífilis. En Guadalupe se crea una de las primeras grandes escuelas de medicina de España en los primeros siglos de su fundación. El monasterio albergó dos hospitales, uno de hombres y otro de mujeres, una casa de acogida -la Casa de La Pasión- que se convirtió en el hospital de sífilis, y una enfermería de monjes, así como una escuela de canto.
La cirugía estaba a tan alto nivel que la primera autopsia realizada en España se hace en el siglo XV, en su hospital, y con el beneplácito de la Iglesia. Todos los médicos que se formaban en Guadalupe gozaban de gran sapiencia. El doctor Agustín Muñoz Sanz, autor del libro Los hospitales docentes de Guadalupe, cree que "no es ninguna tontería pensar que la Universidad de Extremadura empezó ahí. Guadalupe y sus hospitales son el origen de nuestra universidad, y eso se debería reconocer".
El escritor Esteban Cortijo nos cuenta, en su obra Para que vuelvas a Guadalupe (1988), un hecho realmente asombroso. Andrés Laguna en el siglo XVI dice haber tratado con éxito ciertos problemas infecciosos a base de queso fermentado, según los descubrimientos del hospital guadalupense. A esos hongos los llamará curiosamente penicillum notatum y también utilizaba los del pan, adelantándose claramente a los descubrimientos modernos en torno a la penicilina del doctor Alexander Fleming, quien descubrió el antibiótico en septiembre de 1928 al estudiar un cultivo de bacterias que presentaban un estado de lisis debido a la contaminación accidental con un hongo, sí, ese mismo hongo del que habla Laguna, al que se le otorgó el nombre de penicilina. «Yo no inventé la penicilina. Lo hizo la naturaleza. La descubrí sólo por casualidad». Fleming repetía con frecuencia estas palabras.
El libro de Esteban Cortijo despertó cierta polémica, hasta el punto de que nunca se vendió en el monasterio y fue criticado públicamente porque, entre otras cosas, hace mención de uno de los episodios más oscuros de la historia de Guadalupe: la intervención de la Inquisición. La zona era de judíos y moriscos y se produjeron siete autos de fe en 1485 cuyos procesos se celebraron entre sus muros. Los propios frailes, como el famoso padre Marchena, fueron acusados de judaizantes. Hubo en total 124 quemados en la hoguera.